Wednesday, March 4, 2015

Mi pasaje para ayudar a los jovenes inmigrantes

Desde que comenzamos a jugar con la idea de mudarnos a los Estados Unidos y yo tener tomar varias revalidas y solicitar reciprocidad con algunas jurisdicciones, estuve coqueteando con la idea de hacer trabajo pro-bono

Mientras estuve viviendo en Philadelphia estuve buscando este tipo de trabajo voluntario. Comencé a escribir a dos o tres entidades sin fines de lucro para dejarles saber que estaba dispuesto a hacer trabajo voluntario. Las respuesta de estas instituciones fue sorpresiva, me dijeron que no necesitaban ayuda voluntaria o me pedían que tuviera la licencia de abogado de Pennsylvania. ¿En serio? Las respuestas negativas me dejaron perplejo al no aceptar mi ofrecimiento para trabajar con la comunidad latina; ni tan siquiera aceptaron mi solicitud de reunirme para ver en qué medida podría yo serles de utilidad. Aclaro que solamente solicité  a muy pocas; deben de haber otras que a lo mejor me hubieran dado la oportunidad.


Luego, todos mis planes se atrasaron por mi largo commute a la capital federal. No podía dedicar parte de mi trabajo libre a esta labor. Todos los días tenía que levantarme a las 3:30 am para prepararme a tomar el tren a las 4:40 am a Washington DC. Una vez concluía mis labores tenía que tomar el tren de las 7:05 pm a Philadelphia en el Amtrak, llegando a nuestro apartamento a las 9:05 pm, si es que no había demoras o averías en el tren de regreso, cosa que pasaba muy a menudo. 

Una vez nos mudamos a Nueva York, comencé a buscar entidades que ofrecieran servicios pro bono a nuestra comunidad latina. Me hice miembro del Puerto Rican Bar Association y del Justice Latino, dos organizaciones sin fines de lucro que reúnen abogados latinos. A cada conferencia que ellos ofrecían yo asistía para conocer de sus trabajos y ver en qué medida podía integrarme a sus labores. En una de esas conferencias ofrecidas por Latino Justice conocí del programa de ayuda a los inmigrantes del New York Law School: Safe Passage ProjectPara mi sorpresa, la directora asociada del programa es una boricua que estudió su bachillerato en la Universidad de Puerto Rico. Inmediatamente me acerqué a ella y comenzamos a charlar sobre mi interésen  ayudar a nuestra comunidad. 

A partir de octubre de 2014 comencé a asistir cada dos viernes al piso 12 del 26 Federal Plaza para reunirme con los menores de edad y comenzar el proceso de entrevista (screening) pevio a su comparecencia al tribunal de inmigración. Sus historias, además de conmovedoras, son crudas. 

Estas niñas y niños menores de 18 años cruzan las fronteras de varios países Centroamericanos; tan lejos como El Salvador u Honduras, para poder llegar hasta el Río Grande y de ahí ser detenidos por la Migra. Estos viajeros audaces inician esta jornada en muchas ocasiones por sí solos y sin la compañía de un adulto, excepto la de un coyote. En otras ocasiones viajan con otros tantos niños, como ellos, cuya meta final es la de poder reunirse con uno de sus padres en EE. UU. Este recorrido conlleva en muchas ocasiones el cambiar de autobuses entre varios puntos, a veces cambian a otro vehículo privado todos apiñados en un coche o carro; a veces son detenidos por la Policía de México pidiéndoles su documentación. Ya en México pasan unos días en un hotel que para ellos parece de 5 estrellas pero que en realidad no llegan a una. Un viaje que no es nada divertido ni placentero. Es un viaje que ellos muy poco quieren contar por temor, a lo mejor, de ser juzgados por quien les escucha; ni sus padres hablan sobre esto. Una vez llegan cerca a la frontera, cruzan el Río Grande ya sea caminando o en un bote para luego salir corriendo o caminando en busca de una carretera para que la Migra los detenga y los lleven a la hielera (cárcel).

Esto es un breve resumen de las historias de estos jóvenes que escucho casi todos los viernes. Unos jóvenes que arriesgan su seguridad para escapar de los Maras o de las condiciones infrahumanas que viven en sus aldeas. Estos jóvenes,  cuyos padres viven en los EE.UU, acceden a la solicitud de éstos para comenzar a viajar por su cuenta sin saber lo que el destino les puede deparar en todo ese recorrido.
 
Alrededor de seis mil niñas y niños están deseosos de legalizar su estado migratorio y no tener que regresar a su país de origen. Ellos quieren tener la confianza plena de poder contar sus historias para no regresar a su país natal. El deseo de contar esas historias por parte de ellos, a aquel que se gane su confianza, debe ser la chispa que nos motive a ofrecer nuestros servicios de forma gratuita y ayudarlos a legalizar su situación actual acá. Ellos esperan por nuestra ayuda y no debemos dejarlos esperando.



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